jueves, 5 de septiembre de 2013

La sabiduría de las masas

"La sabiduría de las masas", realmente curiosa la anécdotav que aparece en el último libro de James Surowiecki titulado: "The Wisdom of Crowds: Why the many are smarter than few".
Cuenta la historia del científico británico Francis Galton (1822-1911) -que por cierto era primo del famoso Charles Darwin, el propulsor de la Teoría de la Evolución- que en 1906 visitaba una feria de ganado. Este científico defendía la tesis de que el sufragio universal era un error y que sólo debían votar los más informados y aptos. Pero todo cambió en su mente en esa feria.
Resulta que en un determinado momento se fue a sortear una cabeza de ganado entre los asistentes. Para concursar había que escribir el peso correcto de la res en una hoja. El científico pensó que, teniendo en cuenta que la mayoría de los que estaban concursando sólo habían entrado en la feria por curiosidad sin tener ni idea de ganado (y así era), lo que iban a poner en las papeletas era un disparate que además confirmaría su tesis antisufragio universal.
Así que cuando terminó el sorteo, se entretuvo en recoger las papeletas del suelo y en sacar la media de lo que habían puesto allí los partícipes.
Dicha media era de 1.197 libras de peso, lo curioso es que el animal pesaba en realidad ... 1.198 libras.
Aquello cambió para siempre las poco democráticas ideas de Francis Galton.

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El sentido común

El 27 de octubre de 1962, sábado para más detalles, no fue un día cualquiera. Seguramente gracias a lo que pasó aquel día, o más bien a lo que no pasó, estamos ahora  aquí.
Pueden informarse extensamente de los apasionantes sucesos de aquel decisivo día en este artículo del Real Instituto Elcano de Estudios Estratégicos e Internacionales y que también apareció en el diario El País hace algunos años
En el mismo Emilio Lamo de Espinosa, que es su autor, cuenta la interesante historia del marino Arkhipov a quien le debemos mucho, aunque no le conozca casi nadie.
Resulta que en aquella mañana del 27 de octubre de 1962 los EEUU y la URSS estaban en el punto crítico de la crisis de los misiles cubanos. La tensión estaba al límite, algunos aviones habían sido derribados y EEUU había llegado a ordenar la invasión de Cuba para las cuatro de la tarde.
Justo cuando la crisis estaba al máximo un barco ruso y un submarino llegaron a la línea de bloqueo
alrededor de Cuba que habían instalado los norteamericanos.
Al acercarse, el submarino activó un mecanismo electrónico para despistar que fue confundido por un torpedo por un destructor de EEUU de los que formaban el bloqueo, por lo que, creyéndose atacado, empezó a lanzar cargas de profundidad al submarino ruso.
Lo que no sabían era que el submarino ruso llevaba torpedos con cabeza nuclear y que estaba autorizado para usarlos a su criterio si no podía comunicar. El submarino sumergido, con las comunicaciones cortadas, aguantó varias horas, con el aire casi agotado y las explosiones a su alrededor sin saber muy bien qué pasaba ni si estaban ya en guerra. Al final el capitán reunió a los tres oficiales que decidían si se disparaba con armas nucleares para repeler el ataque o no, algo que habría sido definitivo para iniciar una guerra nuclear que habría puesto en peligro al mundo entero. 

Como se cuenta en este artículo, el capitán voto sí, el segundo votó sí, pero el comandante adjunto, el marino Arkhipov, votó no. No había la unanimidad que ordenaba el reglamento militar ruso, el torpedo nuclear no se disparó y la guerra no comenzó.
Impresionante esta anécdota, pone los pelos de punta, pensar cómo a veces prácticamente el futuro de la humanidad, el que podamos estar ahora aquí, dependió de la sola voluntad de un hombre, de un viejo marino que se dejó llevar por lo más valioso que tenemos los seres humanos, el sentido común.


VER:  SABIDURÍA POPULAR

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